De marionetas.
De mares y sepulcros.
No había llovido así en años. La tormenta los sorprendió en el momento en el que las rejas del cementerio se abrían a su paso. Se cerraron detrás de ellos, pero eso a nadie importó. Los sepultureros los esperaban ya. Todos de negro para ahuyentar a las ánimas que pueblan el lugar. Picos, palas y trapos sobre un montón de tierra recién movida, asemejando una embarcación. Y ahí, impávido, lúgubre, un agujero que rápidamente se iba llenando de agua. Y es que nunca se supo si el abuelo se moría o naufragaba. O inundaba a su familia con historias fantásticas. Historias del mar y de ballenas, de cantos y sirenas, de playas, cañones y piratas. Y con la cuerda amarrada a sus cuerpos bajaban la caja, o se resbalaban con ella. A saber. Y es que llovía como no había llovido en toda la vida del abuelo. Y la caja y sus garigoles apenas cabían. Y el peso del difunto y la tierra mojada y los zapatos desvencijados. Y la voz del abuelo en la memoria colectiva, amenazante: si me voy, no me voy solo. Y el estruendo del rayo sobre el mástil sin bandera. Y los fieles sepultureros que habrían de quedar debajo del barco, aplastados por el peso del destino, mucho más de 6 metros bajo el mar.
Adriana Reid. 2011.
Arde, yedra.
Al lebrato resuella ella toda,
la sé nada y seré, y asola, pesa,
la llena toda de voces y en oda,
ya ser por “es oro” ser, por eso besa.
Y epopeya, heme sutil así, teda.
Seco, no roto, no tímido; seco.
Cepa dura de tarde y de seda
da de sed yedra, te da ruda, peco.
Ceso, dimito. ¡No, toro no cesa!
De ti salí, tú séme; hay epopeya.
Sebo ser opresor o ser opresa.
Ya doné y seco, vedado, tan ella
la sepa, los ayeres ya dan esa.
Lado tal leal le usé rotar, bella.
Cenicienta.
¿De qué estas hecha si no de polvo?
No caminas, es la calle que te marcha.
Te marchita, cenicienta, mocosienta
Mugrocienta, vendedora, compradora
No hay más sueños, no tuviste, no llegaron
Ya no esperas, cenicienta, nunca llega
ni un mendrugo, un verdugo que destruya
las cadenas, o tus venas, las monedas
que no alcanzan, que no compran, nunca compran
Tienes hambre en camellones
En la sombra de este árbol que es tu árbol
junto al fuego, al tragafuego, el sol ardiente
No hay ni chanclas, no hay ya nada
que te alivie. Tú no quisiste -nunca quisiste-
no pediste, diez hermanos, y los golpes
La tragedia, el abandono y tantos ojos
todo el día que te miran compasivos
De qué sirve, no te sirve que te miren
porque no oyen que tus tripas ya no rugen,
ahora lloran, se desangran, tienen hambre
Tienen pena, cuánta pena de esta tierra
que no tiene una tortilla y no tiene ni pa´ un pan
Para tu hambre, pa´ tu miedo, cenicienta.
Mocosienta, eres tierra, eres polvo , fuiste polvo
Y tu madre y sus santos saben que el polvo al polvo
ha de regresar.
Adriana Reid / 2011










